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1 Juan - 15 I. Introducción A. La vida del creyente existe entre dos tensiones: el ser y el hacer. Mientras que el hacer es muy importante, el hacer debe nacer del ser. Hacemos lo que somos. El hacer debe determinar quien soy; o sea, ¿porqué hago ciertas cosas? ¿Qué me motiva a hacer lo que hago? 1. El ser define lo que soy en mi interior. El hacer define lo que soy en el exterior. La tensión se complica cuando el exterior (el hacer) hace cosas que van en contra del interior (lo que realmente somos). 2. Algunas personas presentan ciertas características externas que hacen pensar a todo mundo que son realmente excelentes cristianos, mientras que otros, por su aparentes actos externos los consideramos “paganos” o “perdidos.” 3. Hay personas, por ejemplo, que se envuelven en las cosas de Dios, activos en la iglesia, practican la dieta perfecta, pero que su testimonio en el hogar o en el trabajo no es el mejor. Esta es la definición de lo que comunmente llamamos “hipocrecía.” 4. Por otro lado existen personas que por manifestar ciertos razgos externos que aparentemente no son compatibles con ciertas características que denominamos cristianas, los tildamos de “paganos,” o “fríos,” o no convertidos, cuando en su ser, en su interior, demuestran características de cristianismo auténtico. 5. Tales personas nos las encontramos en escuelas, oficinas, bancos. Personas que nos tratan con tanta amabilidad, a diferencia de algunas que trabajan en establecimientos “cristianos,” y sin embargo nos tratan con indiferencia o frialdad. B. Juan, por séptima vez, nos confronta con una frase. Solo que esta vez la cambia del colectivo o plural al individual o singular. En versículos anteriores usó la frase, “si decimos.” Ahora toma esa frase y la hace personal. 4:20, “si alguno dice...” Juan no quiere que nadie se esconda en el grupo. Quiere que cada uno se responsabilice individualmente: “Si yo digo...” 2. Cada vez que Juan usa esta frase, sabemos lo que va decirnos: Es una advertencia a no ser diferentes a lo que hacemos; o sea, el ser (nuestro interior) y el hacer (nuestro exterior) deben ser compatibles. 3. En el 4:19 Juan nos habló del temor. Ahora parece conectar el temor con otra palabra: pretensión. Palabras que parecen ir juntas. Tan pronto como Adán y Eva pecaron sintieron temor y se fueron a esconder. Al verse desnudos se cubrieron. El temor los llevó pretender ser algo que no eran. 4. Cuando nuestro corazón está bien con Dios, tenemos confianza, como dice el 4:17, no tenemos necesidad de pretender ser otra cosa que no somos. 5. El tormento o castigo en que viven los que carecen de confianza en Dios es precisamente temer llegar a ser descubiertos. Que otros sepan que están viviendo una vida diferente a lo que las personas creen que está viviendo. 6. Dice Juan que cuando hay confianza en Dios no necesita esconderse, pues el verdadero amor echa fuera al temor (4:18). No hay preocupación que los hermanos de la iglesia descubra como es en casa o en el trabajo. Hay honestidad en el amor. II. Viviendo en Honestidad A. Warren Wiersbe, pastor de la iglesia Moody en Chicago con más de 10,000 miembros cuenta como un nuevo creyente le preguntó una vez: 1. “Cuántos miembros tiene Ud.? - Aproximadamente 10,000 - respondió el Dr. Wiersbe. - Ese es un número muy grande de miembros para complacer, - responde el hombre.” 2. El Dr. Wiersbe responde: “Déjeme asegurarle una cosa, mi hermano. Nunca he tratado de complacer a ni uno de los miembros de mi iglesia. Al complacer a uno me obliga complacer a todos. Eso es imposible. Yo trato de complacer a una Persona: Cristo Jesús. Antes de cualquier cosa me pregunto: ¿lo haría El así? ¿Diría El esto?; entonces hago y digo las cosas como El lo haría... 3. ... A veces por quedar bien con mi Señor me pone en aprietos con algunos de mis miembros que no conocen a mi Señor. Estando bien con Cristo Jesús me da confianza aun cuando otros malinterpreten mis intenciones.” B. Un creyente inmaduro que no ha aprendido completa confianza en Dios, que no ha crecido o madurado en el amor divino, muchas veces se ve forzado a hacer un papel de actor para impresionar a otros con su cristianismo o espiritualidad. 1. En los tiempos de los griegos, a los actores les llamaban “hipocritoi” o sea, hipócritas; pues interpretaban un papel de la vida de alguien más y no la propia vida. 2. Pretender ser algo que no son es una actividad favorita de los niños. Pretenden en sus juegos ser doctor, pastor, bombero, policía, papá, mamá. Si Ud. Entrara de repente a mi casa y encontrara a mi y a mi esposa solitos jugando a bandidos y ladrones, pensaría que nos falta un tornillo. 3. Pretender ser algo que no somos es señal de inmadurez. El creyente que ama a Dios y conoce el amor de Dios no necesita encubrir una forma de vivir diferente a lo que es. Es honesto en su ser y en su hacer. 4. El amor toma esa forma de sinceridad. 4:20, 21 “Si alguno dice: "Yo amo a Dios", pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? 21 Y nosotros tenemos este mandamiento de él: ‘El que ama a Dios, ame también a su hermano.’” III. Obediencia Gozosa A. La manifestación transparente, honesta del creyente se manifiesta en su vida de obediencia gozosa. No ve el cristianismo como una carga: 5:3, “pues este es el amor a Dios: que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.” 1. La obediencia a medias o regañadientes no es obediencia. Dios no quiere ni espera obediencia por la fuerza o por temor. 2. ¿Cuál es el secreto para poder obedecer a una persona gozosamente? Cuando esa persona sucede ser un padre o madre amorosa. Cuando la obediencia no se hace por la recompensa o el pago que pueda recibir, sino porque soy parte de la familia. 3. ¿Cuál es entonces el secreto
de la obediencia gozosa en el ámbito espiritual? 5:1, “
Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo es nacido de Dios;
y todo aquel que ama al que engendró ama también al
que ha sido engendrado por él.” B. El amor a Dios no se demuestra en palabras vacías, “el que dice...” (5:1), sino en actos voluntarios. No somos esclavos obedeciendo a un amo que exige obediencia, sino a un padre que pide que le obedezcamos porque somos parte de la familia. 1. Una de las pruebas de un amor maduro se demuestra en nuestra actitud hacia la ley de Dios. El no creyente considera la ley una serie de reglas; no entiende el mensaje: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Cor 2:14). 2. El creyente que experimenta el amor de familia, el amor de un padre amoroso obedece porque ama y es amado. 3. ¿Que pensaría Ud. Si yo le invitara a un concierto de ópera acompañado de una orquesta sinfónica y al sentarse a escuchar descubriera que todo el concierto es nada menos que la exaltación a las leyes de tránsito: a) Tus semáfaros son como ojos rojos
desvelados por mí... c) Me gozo en escuchar la sirena de tus patrullas parándome porque no hice un alto completo... 4. Esto es, sin embargo, lo que el salmista hace en el capítulo más largo de la Biblia, Sal 119. De los 176 versículos, solamente dos (122, 132) no mencionan la ley de Dios. El salmista ama la ley de Dios y se goza cantando de ella. En el v. 54 arregla un concierto en honor a la ley de Dios. 5. ¿Porqué? Porque esta rendición musical hacia la ley es la de un hombre que el desobedecer esa ley santa le trajo tanta desgracia. Al obedecerla le trae alegría, pues conoce las consecuencias de la desobediencia. 6. Pero sobre todo, descubrió Quien es el autor de esa ley: un padre amoroso. Pocos consideran la ley de Dios como una fuente de gozo. Pero es así como el salimsta la ve. Amaba a Dios y amaba la ley que proviene de Dios. a) 5:3, “Pues este es el amor a Dios: que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.” 7. No trata más de complacer a Dios por sus propias fuerzas. Su relación con Dios es honesta. El salmista se convierte en el hombre “según el corazón de Dios.” 8. En obediencia honesta y sincera el creyente hoy llegar ser “según el corazón de Dios,” pues Dios conoce la sinceridad de cada corazón. 9. Oremos... |